Viajamos en los techos de vagones de un tren gigantesco, huyendo de lo inevitable. Tomados de la mano, brincamos de uno en uno con la certeza de la salvación. Los rieles del animal mecánico en el que nos transportamos corren en las orillas de montañas inimaginables, altísimas, en el límite del vació y de la tierra que las forman. Los paisajes son bellísimos, verdes combinados con azules bañados por un sol magnífico y cálido. Sé que el astro es amigable porque no uso gafas oscuras. Veo todo porque estamos en alturas extremas. Sabemos que tarde o temprano tendremos que brincar del tren. Y así ocurre. El vagón donde viajamos se desprende de los demás y cae en un abismo blanco. Es momento de jugar la última carta; es momento de precipitarnos al vacío más hermoso. Sin pensarlo, nos abandonamos a la gravedad. Veo caer nuestro transporte en un contenedor mientras nosotros violamos al aire. Caemos tranquilos, seguros de que algo nos ayudará a no entrar de golpe al reino de la muerte. Seguimos volando, cayendo. Penetramos unas nubes blancas y vemos próximo el suelo, nuestra meta final. No hay nada qué hacer. No hay salvación. Moriremos impactados a una velocidad impune. Pero el fatalismo no me ataca; me siento bien, liberado. Tú te das cuenta exactamente de lo mismo. Cayendo, con los cabellos en la cara y con la mirada más tierna y amorosa me dices: “¡ni modo!, hicimos lo que pudimos”. Me aproximo a ti para abrazarte y lo hago tan fuerte que me contagias tu sosiego. Me pongo debajo de ti para recibir primero el inevitable madrazo. Recuerdo haber leído en algún lado el estado de shock al que se entra antes de un impacto de este tipo. La espera se hace eterna. El desvanecimiento no llega y por un segundo me invade el pánico. Sientes mi temor por lo que ahora tú aprietas el abrazo y me relajo. Justo antes de hacer un cráter, nuestra velocidad se reduce dramáticamente y caemos como plumas en la azotea de un edificio donde se puede ver el atardecer. Sorprendido, busco respuestas en tu bello rostro. Tu cara sorprendida, con los ojos más que abiertos me dice “¡mira, la ciudad nos salvó!”
Despierto como debe despertarse de estos sueños: llorando. Miro la hora, 4: 55 de la mañana. Trato de recordar todos los detalles y mi llanto es incontenible. En el sepulcral silencio de esa hora donde sólo los insomnes reinan, el sonido del teléfono parece derribar la casa. Exaltado contesto y oigo una dulce voz decir “la ciudad nos salvó...” el sueño más bonito ha ocurrido.

1 Críticas destructivas:
Saltar sin paracaídas, saltar con la certeza de un amor!!!
Morir no importa, siempre y cuando sea entre tus brazos...
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