Nos podemos quedar sentados, viéndonos. Sin tocarnos. Rozándonos sólo con los ojos. Podremos quedarnos desnudos esperando algo. El fin del mundo o unos ojos ciegos. Ninguno entiende de métrica o de filosofía. Estamos locos. Balbuceamos llenos de ira y de rencor. Le reclamamos a la vida su juego cruel. Cantamos un tango o una ranchera. Estamos impávidos ante lo inevitable. Intentamos que la muerte no note nuestra respiración. Quizá estamos atrapados en una caja llena de bichos. ¿De verdad la solución está en nuestra decisión?, ¿la responsable no será la química cerebral heredada de los perdedores? Necesitamos elevarnos. Tocar algo que no sea tangible. Aparecer luminosos en cualquier escena callejera. Pero la felicidad se ve tan lejos, tan inasequible, tan imposible… ¡Cabrón! Nomás te pedí una puta cerveza y que me pases los cigarros. Deja de llorar y brinda conmigo. Tu vieja ya te espera en la habitación. Deja lo demás a un lado. Todo regresará por la mañana. No es necesario un testamento. Eso existirá hasta que nos quedemos dormidos esperando al olvido. Grita ahora, en las arenas del silencio. Al final quizá sepamos qué hacer… ¡wey! Lo peor del mundo ha ocurrido aquí. Se acabó la chela, los cigarros y mi lucidez. Son horas donde el dinero no sirve. Donde cualquier exabrupto será castigad con cárcel… ya paren de mamar y duérmanse. Siempre es lo mismo con ustedes. Mueran hoy que resucitarán mañana con un plato de consomé y unos tacos de barbacoa. Ja, ya me contagiaron con sus pendejadas. No chinguen, ya ¿no?
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